A sistimos actualmente a un enfrentamiento originado por un proyecto de regadío promovido por la Comunidad de Regantes de Beas de Segura: por un lado los representantes de esta entidad defienden que el regadío supondrá la mejora de la economía de muchas familias del municipio, que verían incrementada la rentabilidad de su olivar; por otro, grupos ecologistas cuestionan la legalidad de unos sondeos situados en el Parque Natural que podrían suponer la sobrexplotación de un acuífero del que también se abastece de agua potable a la población.
Aparte del debate sobre la conveniencia de aumentar la superficie de regadío cuando la tendencia a largo plazo es un aumento de la desertificación y la disminución de los recursos hídricos en la zona mediterránea, podemos sacar unas cuestiones que pocas veces se ponen sobre la mesa, no sabemos si por miedo o por desconocimiento: ¿hacia dónde queremos llevar el olivar de Beas de Segura?, ¿pasa el futuro del olivar de montaña por el incremento de la producción? Demos un paso más: ¿es el monocultivo de olivar el futuro de las próximas generaciones?
Estas preguntas se justifican porque pocas veces hemos vivido un momento de mayor incertidumbre para el olivar y el aceite de oliva. Estamos viendo como la rentabilidad de este cultivo cae año tras año, porque mientras los costes de producción se mantienen altos, los precios del aceite de oliva caen. Incluso podemos plantear que en el hipotético (pero probable) caso de la desaparición total de las subvenciones, el olivar de montaña deja de ser rentable. Ante esta perspectiva está claro que hay que seguir una estrategia destinada a variar uno de los términos de la ecuación: o disminuimos costes o aumentamos los ingresos de la actividad. La disminución de costes en el olivar de montaña es realmente difícil, porque no podemos variar las limitaciones impuestas por la pendiente y el suelo, que dificultan la mecanización del cultivo. Por tanto debemos actuar sobre el segundo término: los ingresos. Para ello se pueden seguir dos estrategias: una que persiga el incremento de la producción de aceituna en términos absolutos y otra de tipo cualitativo, que sin estar reñida con la primera pretenda la consecución de un mayor valor añadido del producto basado en la mejora de la calidad y una adecuada comercialización. La primera medida depende del agricultor y las prácticas de cultivo, mientras que para el éxito de la segunda además del compromiso del oleicultor hace falta un cooperativismo fuerte y eficaz.
¿Hacia dónde deben ir mayormente encaminadas las estrategias para que nuestro olivar de montaña sea competitivo? Para responder a esta pregunta debemos antes conocer la realidad y las limitaciones de este cultivo: principalmente unos suelos empobrecidos por la erosión, consecuencia de la eliminación sistemática de la cubierta herbácea y el laboreo excesivo practicado durante décadas. Esta es una circunstancia crucial, porque impone un límite al desarrollo del olivo y su producción. Por muchos abonos químicos que se aporten, si no existe un suelo con ciertas características no puede darse una absorción eficaz por parte de la planta, y éste acaba evaporado o lavado por la lluvia. Por tanto si queremos hacer frente a esta limitación no queda otra acción que enriquecer el suelo con materia orgánica, lo que implica un cambio en las prácticas de cultivo. Esto nos lleva a la conclusión de que, por mucha intensificación que pretendamos practicar, en estos olivares existe un límite que está bien por debajo de las cifras que barajan las plantaciones intensivas y superintensivas en seto que se están desarrollando. Mediante una estrategia basada en el incremento de la producción se puede llegar a un aumento de la rentabilidad del olivar de montaña, pero a corto plazo: el tiempo que tarden en generalizarse y entrar en producción las nuevas plantaciones, lo que provocará nuevas caídas en los precios. De este modo, el aumento de la rentabilidad del olivar de montaña con una estrategia basada únicamente en el aumento de la producción es válido sólo a corto plazo. La clave está en la calidad y en la comercialización del aceite de oliva. Esta es la estrategia que están siguiendo en otras zonas a través de un cambio de enfoque en la forma de cultivar, diferenciar y comercializar el producto. Y esta es la única estrategia que puede hacer del olivar de montaña un cultivo rentable.
El riego como medio de intensificación es una vía de aumentar la producción y la rentabilidad de los cultivos, pero si no va acompañado de otras estrategias será un fracaso estrepitoso. Nos referimos a prácticas de cultivo que preserven y aumenten la biodiversidad del olivar y la fertilidad del suelo, lo que permitiría una menor dependencia de productos químicos y por tanto del petróleo; nos referimos a obtener un producto de calidad diferenciada, que vaya más allá de una Denominación de Origen, y a estrategias de comercialización que lleven nuestro aceite a mercados donde no compita con el aceite obtenido de las plantaciones intensivas. Incluso hay que atreverse a cuestionar la conveniencia de un monocultivo y estudiar las posibilidades que ofrecen otras especies que pueden ser complementarias. Si no asumimos estos retos el olivar de montaña desaparecerá, con riego o sin él.
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