| Una alimentación equilibrada también es saludable para el Planeta |
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V ivimos en la civilización de las contradicciones. Mientras en buena parte del planeta el principal problema de la población es la desnutrición, en nuestro “primer mundo” la mayoría de los problemas de salud están relacionados con malos hábitos en la alimentación, en especial con los excesos: diabetes, obesidad, sobrepeso, enfermedades coronarias, hipertensión… e incluso problemas psicológicos asociados a la obsesión por cumplir los patrones estéticos publicitarios.Alimentarse ha dejado de ser un acto social o de familia para convertirse en algo mecánico en lo que no se puede perder demasiado tiempo. Nuestra forma de vida nos ha incitado a consumir productos de rápida preparación en los que la carne y las grasas son los principales ingredientes. En especial las carnes rojas han pasado a ocupar un puesto predominante en nuestros hábitos, cuando todas las recomendaciones nutricionales las sitúan en la cúspide de la pirámide alimenticia, junto a las grasas. Tradicionalmente, debido también a que era un producto caro, la carne roja se tomaba una vez a la semana como mucho, y los únicos que sufrían serios problemas de gota eran las personas adineradas que en alarde de su ostentación habían abusado de aquello que el vulgo no podía apenas probar. Hoy en día la situación ha cambiado y la carne se ha convertido en un producto muy asequible para todos los bolsillos. Esto en principio es positivo al permitir una mejora del aporte de proteínas en nuestra dieta, pero hemos caído en el mismo error que los reyes de antaño al convertirla en el ingrediente principal de nuestra alimentación. ¿Por qué los productos cárnicos han sido siempre más caros y su consumo era más ocasional? La razón es sencilla: para producir cada kilo de carne de ternera se necesitan unos 16 kilos de pienso compuesto de cereales y soja. Esta relación varía en el caso del cerdo (1:6) y del pollo (1:3), lo que es proporcional al coste económico que siempre han tenido estas carnes en los mercados. El animal necesita la mayor parte de la energía y nutrientes para sus procesos vitales, así que su producción neta de proteína aprovechable es muy baja comparada con la de las plantas. Esta es la razón también de que aún se den casos de uso ilegal de hormonas y antibióticos en la alimentación del ganado, pues éstos aumentan considerablemente el rendimiento cárnico. También este afán de reducir costes está detrás de la aparición del conocido como “mal de las vacas locas”, transmitido al ganado a través de piensos de origen animal. Quien centra su dieta en la carne requiere una hectárea y media de cultivo destinado a ganado para obtener 2.500 calorías diarias. Esa misma superficie cultivada de cereales, legumbres y hortalizas es suficiente para alimentar a 18 personas con un aporte calórico similar. Para obtener un kilo de proteína vegetal se necesita una superficie diez veces menor que para un kilo de carne roja. Así, no es de extrañar que en tiempos de escasez no nos pudiéramos permitir el lujo de destinar tanta superficie al ganado, porque esa misma superficie puede alimentar a muchas más personas si se cultiva con vegetales. La carne se obtenía mayoritariamente mediante manejos extensivos que aprovechaban los pastos de zonas no cultivables y las rastrojeras, pero no tierras fértiles aptas para la agricultura. Es una cuestión de eficiencia. Las personas que viven en países subdesarrollados no pueden permitirse el lujo de alimentar ganado con los cereales que cosechan, mientras que en EEUU (ejemplo y modelo de los países “occidentales”) el 90% de la cosecha de cereales (maíz, centeno, avena) y soja, descartando las exportaciones, se destina a la fabricación de piensos para el consumo animal. El consumidor de carnes norteamericano utiliza como promedio cinco veces más recursos alimenticios que el colombiano, el indio o el nigeriano medio. La producción de la mitad del suelo cultivable de los EEUU se destina a consumo animal. Los países desarrollados, con sólo un tercio de la población mundial, utilizan el 75% del pescado capturado en el mundo, cuya mayor parte sirve para fabricar piensos para el ganado. Un tercio de la producción africana de cacahuetes se utiliza para alimentar ganado en los países europeos del Este. Los EEUU importan carne de vacuno, que proviene fundamentalmente de América Central, en cantidades equivalentes al consumo anual total de muchos países desarrollados, aunque la cifra total de estas importaciones constituye sólo la séptima parte del consumo de carne vacuno en EEUU. Si nos imaginamos que estamos en un comedor ante un filete de 150 gramos y que hay 50 personas (cada una de ellas con un cuenco vacío) el coste alimenticio de nuestro filete hubiera podido llenar los cincuenta cuencos con cereales. La desequilibrada distribución de alimentos no es el único problema relacionado con el consumo desmedido de carne. Dos recursos básicos están disminuyendo en todo el planeta: tierra fértil y agua. La producción de carne no sólo esquilma el primero sino que despilfarra grandes cantidades de agua. Un huerto utiliza 1.300 litros de agua diariamente para producir el alimento de una persona. La dieta occidental media consume en cambio 10.000 litros diarios para alimentar únicamente a una persona. Producir un kilo de carne nos cuesta a la humanidad veinticinco veces más en recursos que el mismo kilo de vegetales. La producción de carne crea además diez veces más contaminación que las zonas residenciales y tres veces más que las industriales. También se debe tener en cuenta que se consumen grandes cantidades de gas natural y petróleo para producir los fertilizantes empleados en la producción de cereales para pienso (cultivar una hectárea de maíz puede consumir más de 600 litros de gasoil). Y por si fuera poco, tenemos el problema de los gases de efecto invernadero. Siempre asociamos el fenómeno del calentamiento global al dióxido de carbono (CO2) emitido por la industria y los automóviles. Pero hay otro gas que es 25 veces más potente: el metano. Esto implica que aunque se emita en pequeñas cantidades, un incremento de su proporción en la atmósfera puede causar efectos devastadores. En el año 1.800 la concentración de metano en la atmósfera era de 0,8 partes por millón, niveles que se han doblado en los últimos 100 años llegando a las 1,7 ppm. Aunque la proporción es muy pequeña se estima que este aumento de metano es responsable del 16% del calentamiento global. ¿Y de dónde procede este incremento de metano en la atmósfera? La mayor parte proviene de las actividades ganaderas, y no es exagerado si recordamos que hay más de 4.000 millones de cabezas de ganado (bovino, ovino, caprino y porcino) en el mundo, de las que unos 1.250 millones son vacas. Por tanto, un gesto tan simple como un cambio de hábitos en la alimentación, poniendo a la carne (sobre todo la roja) en el lugar que le corresponde, y retomando esa dieta mediterránea de la que tanto oímos hablar, en la que la base de la alimentación la constituyen los cereales, la fruta y las legumbres, reduciendo el consumo cárnico a ocasiones (preferiblemente procedente de manejos ecológicos) no sólo mejoraremos nuestra salud, sino que contribuiremos a la conservación del medio ambiente y a un reparto más equitativo de los recursos. |



















